La noche era fría, oscura, la neblina casi llegaba a mis rodillas, ya era rutina frecuentar la plaza Belén, me sentaba en unos de los bancos por casi cuatro horas, encendía un cigarrillo Belmont y pensaba en mi estadía de seis años en la ciudad de Mérida, no me sentía solo, aunque no era la plaza principal de la ciudad era muy concurrida por los habitantes de la zona, estaba rodeado de vendedores ambulantes, pasteleros, perros calientes, chicheros etc., los Hippies vendían collares y diversos amuletos de tradiciones extrajeras que en algunos casos no conocían, a veces veía pasar a las viejitas con velo en la cabeza para asistir a la misa de las siete pm. Sin embargo, era una noche inusual, la neblina era densa, aspiraba el cigarrillo y rozaba mis manos para calentarlas, pensando que si no aguantaba el frio compraría marihuana para calmarme aunque pensándolo bien no lo haría porque pasaría la noche con hambre, además, los 50 bs que llevaba era para gastarlo en una caipiriña en Birosca y batirme fuertemente en la olla del rock. Mientras terminaba mi cigarrillo enfoqué la mirada en uno de los edificios que rodeaba la plaza y de pronto estaba ella, una mujer, bella, sentada en el balcón, leyendo un libro, cuyo nombre no alcancé a ver, se mostraba muy interesada en su lectura lo podía ver en sus expresiones de risa, satisfacción, era la primera vez que me sentí motivado a observar detalladamente a una mujer, creo que era merideña por sus facciones, tenía el cabello liso y negro, su piel era blanca, pero con su pose de lectora se veía erótica, era Venus encarnada en ella, sus labios, murmuraban lo que leía, podía detectar la sincronía de su respiración, estaba embobado, no me di cuenta que pasaron dos horas sino cuando ella se levanta y me deja en soledad.
Miré a mi alrededor y ya no había nadie, no quise irme de inmediato a Birosca, sino, que me quedé suspirando pensando en esa visión que me parecía del otro mundo, bueno para mí de otro mundo porque siempre me han gustado las mujeres que parecen ser intelectuales, por un momento llegué a pensar si se me presentaba la oportunidad de conocer a esa mujer. Pero pensar en eso, me sentí reflejado en un calidoscopio en el que las imágenes reflejaban mi personalidad física y espiritual, conocerme a mí, a mí, yo Arthur León un hombre de 25 años, que gané un concurso de cuento en el Nacional y pensando que sería un gran escritor, dejé a mi oriente querido, una carrera universitaria a la mitad, una madre que me adoraba, sólo por perseguir un sueño, sólo por sentirme como Funes el Memorioso, porque ya no recuerdo mi niñez y eso es extraño por ser joven, pero si tenía habilidades innatas en la escritura. Llegué a Mérida a estudiar Letras, al principio sentía que me codeaba con gente extraña como yo, conversaba con hombre y mujeres que pensaban que eran poetas y me di cuenta que sólo vivían de un sueño, me los imaginaba como Heidi brincando de nube en nube. Mis clases eran maravillosas, aún tenía la esperanza de que en algún momento me dieran las pautas para comenzar y afinar mi escritura, pero no, todo se convirtió en verborreo de mi profesores, escuchaba la poética de Aristóteles de la boca de un loco que si alguna vez hubiese escrito algo de lo que decía, creo que en la actualidad sería un gran escritor de literatura pornográfica, porque mataba la poética leyendo sobre un libro que consiguió en la basura llamado el orgasmografo. Otro curso y creo que sentí gran afinidad, era un taller de creación literaria, no aprendimos a crear nada, sólo leíamos cuentos de Borges durante cuatro horas seguidas, el escritor nos deleitaba con esos cuentos, se fumaba hasta dos cajas de cigarrillos durante ese tiempo. Él era un viejo achinado, venía de los andes trujillanos, estudió ingeniería forestal pero nunca ejerció su profesión sólo se dedicó a escribir cuentos de ficción, influenciado por la literatura de Borges, Cortazar, Kafka, de inmediato me hice amigo de ese viejo, solía visitarlo, me regalaba libros, me encerraba en su apartamento durante horas y horas, creo que me leí toda la biblioteca de Babel. Allí comprendí que estudiar Letras me ayudaría a conocer sobre la literatura pero jamás me enseñaría a ser escritor, fue decepcionante dejé todo por descubrir aquello en Mérida, pero desde ese momento me tomé la carrera a la ligera y decidí vivir la vida andariega de cualquier escritor existencialista y vagabundo como los del siglo xix.
Sue